Interpretar música es, en esencia, un acto de mediación emocional. Entre la partitura y el público se abre un territorio invisible donde el intérprete ejerce su poder más humano, el de encarnar el pathos. Esa palabra griega, tan difícil de traducir, designa la conmoción del alma, la emoción que nos atraviesa y nos transforma. No se trata solo de sentir, sino de hacer sentir.
El pathos no se encuentra escrito entre las notas, pero late en cada pausa, en cada inflexión del sonido. El intérprete lo busca como quien intenta atrapar una sombra, a sabiendas de que nunca podrá poseerlo del todo. Su tarea no es copiar la emoción del compositor, sino recrearla desde su propio ser, con la verdad que habita en su presente.
Un mismo Adagio puede ser súplica, resignación o esperanza, según quién lo toque y desde qué momento vital lo haga.
Hay una dimensión ética en esa búsqueda. Tocar con pathos implica despojarse de artificios y permitir que la vulnerabilidad se exprese. Requiere silencio interior, honestidad y una atención profunda al instante. No hay pathos sin riesgo. La emoción auténtica nace en el borde de la fragilidad, allí donde el sonido deja de ser control y se convierte en confesión.
Es siempre irrepetible. Es la huella emocional que distingue una interpretación de otra. La técnica nos ofrece el dominio; el pathos, en cambio, nos exige rendición. Porque tocar con pathos implica despojarse de toda máscara, permitir que la vulnerabilidad se exprese, dejar que el sonido revele lo que habitualmente se oculta tras la forma. La música se convierte entonces en un espejo que devuelve al intérprete su propia verdad, y esa verdad, al compartirse, conmueve.
Es el puente que une al oyente con algo que trasciende el discurso racional. Cuando el intérprete logra esa conexión, el público no solo escucha; respira con él, siente con él. En ese momento, la música deja de ser una sucesión de sonidos y se convierte en experiencia compartida, en memoria emocional.
Quizá el mayor desafío del intérprete contemporáneo sea rescatar el pathos. Porque en última instancia, el pathos no se mide, se revela. Y cuando lo hace, nos recuerda por qué seguimos necesitando la música, y por qué interpretarla sigue siendo un acto profundamente humano. Y que mientras exista un ser humano capaz de conmoverse con un sonido, el pathos seguirá siendo la forma más pura de verdad que la música puede ofrecernos.
Jesús Alcívar