"La accesibilidad a la cultura es un derecho, pero su acceso no es igual para todos"... Esta afirmación revela una tensión profunda entre el ideal y la realidad. La cultura, concebida como patrimonio común de la humanidad, se despliega ante nosotros como un territorio abierto, pero sus puertas no siempre son visibles, ni sus caminos practicables. En teoría, todos podemos entrar; en la práctica, algunos llegan por rutas iluminadas mientras otros avanzan a tientas, o ni siquiera saben que ese territorio existe.
El acceso desigual a la cultura no es solo una cuestión de recursos materiales, sino también de reconocimiento simbólico. Hay quienes han crecido en espacios donde la música, la literatura o el arte son lenguajes cotidianos, y hay quienes han sido educados para mirar la cultura desde lejos, como un lujo ajeno o un código incomprensible. La desigualdad cultural se revela, entonces, como una forma silenciosa de exclusión. No impide únicamente el disfrute estético, sino también la posibilidad de imaginarse y expresarse en el mundo.
Aun así, la cultura se resiste a ser confinada. Siempre encuentra grietas por donde brotar. En una melodía que atraviesa una ventana, en un libro prestado, en una obra que interpela incluso a quien nunca ha puesto un pie en un museo. Pero para que estas grietas se conviertan en puertas, hace falta una voluntad colectiva de mediación, de pedagogía y de cuidado. Democratizar la cultura no es solo abrir espacios, sino también tender puentes.
La verdadera accesibilidad cultural ocurre cuando nadie siente que debe pedir permiso para estar allí. Cuando la cultura deja de ser un escenario para pocos y se convierte en un hogar compartido, capaz de acoger todas las voces, también las más frágiles y/o silenciadas. Solo entonces el derecho se vuelve experiencia, y es ahí cuando la cultura recupera su sentido más profundo, el de ser un territorio común donde cada persona pueda reconocerse, transformarse y, a su vez, transformar aquello que le rodea.
Una sociedad que cuida su cultura, cuida la dignidad de quienes la habitan.
Jesús Alcívar