Hay un instante en todo concierto que el público casi nunca percibe y que, sin embargo, lo determina todo. No es el aplauso inicial ni el primer sonido. Es el momento inmediatamente anterior. Ese segundo suspendido en el que el intérprete respira, se sitúa, se reconoce en el espacio y decide sumergirse en la escena. A ese punto lo llamo "Umbral escénico". Es la frontera invisible entre la persona cotidiana y el músico que va a asumir una responsabilidad artística frente a otros. No es todavía música audible, pero ya es música en estado de intención.
El umbral escénico no es un gesto externo ni una pose estudiada. Es un proceso interno de alineación. El cuerpo encuentra su eje, la respiración deja de ser automática y se vuelve consciente, la mente abandona la dispersión y se concentra en una sola dirección: el sentido del primer sonido. En ese microinstante se organiza la energía interpretativa. Cuando ese umbral no se habita conscientemente, el inicio suele ser precipitado, tenso o meramente correcto. Cuando se activa con presencia, el sonido nace con coherencia, profundidad y dirección. La diferencia no está en la técnica, sino en la conciencia previa a la acción.
He comenzado a sintetizar este principio con una palabra que resume su dimensión generativa: "Sonogénesis". Si el umbral escénico es la puerta, la sonogénesis es el origen. Es el punto exacto en el que el sonido comienza antes de manifestarse físicamente. Todo intérprete experimentado sabe que el primer sonido se oye (o debería oírse) internamente antes de ser emitido. Esa audición anticipada no es imaginación abstracta; es la construcción real de timbre, carácter y energía del sonido que queremos ofrecer. El instrumento no hace más que materializar una decisión ya tomada.
En el ámbito pedagógico, trabajar el umbral escénico transforma la manera en que los estudiantes entienden el acto de tocar. Cuando un alumno comprende que la calidad del inicio depende de su estado interior y no solo de su digitación o su embocadura, comienza a asumir la interpretación como acto integral.
La sonogénesis nos recuerda que el arte no surge de la urgencia, sino de la intención. Antes del sonido hay decisión, hay escucha interna, hay presencia. Y es ahí, en ese espacio breve pero decisivo, donde realmente empieza la música, tanto para el intérprete como para quien le escucha.
Jesús Alcívar