En los últimos años, conceptos como entrenamiento e inferencia se han vuelto esenciales para comprender cómo funciona la inteligencia artificial. Más allá del ámbito tecnológico, estos principios ofrecen un marco sorprendentemente claro para reflexionar sobre la práctica de la interpretación musical.
En la fase de entrenamiento, un modelo de IA es expuesto a enormes cantidades de datos: ejemplos, patrones, conexiones, etc. No “comprende” desde el inicio; aprende a base de repetición, ajuste progresivo y retroalimentación constante. Algo muy similar ocurre cuando un músico estudia su instrumento. Escalas, estudios técnicos, pasajes aislados, trabajo lento, afinación, control del sonido. En esta etapa no buscamos todavía una interpretación artística completa, sino construir las bases del "sistema": técnica, memoria, coordinación, resistencia y control.
El problema aparece cuando confundimos entrenamiento con resultado. En IA, un modelo puede memorizar datos sin saber aplicarlos. En música, podemos tocar perfectamente en el estudio y, sin embargo, sentirnos inseguros o rígidos en el escenario.
Ahí entra la inferencia. Para una IA, inferir es usar lo aprendido para responder a una situación nueva, en tiempo real, considerando el contexto. No repite datos, decide. En la práctica musical, la inferencia ocurre cuando interpretamos: en el concierto, en un ensayo con otros músicos, frente a una acústica distinta, un público concreto y un estado emocional cambiante. Cada interpretación exige tomar decisiones: tempo, carácter, balance, respiración, entre otros.
Un buen intérprete no ejecuta mecánicamente lo estudiado. Como un modelo bien entrenado, infiere constantemente a partir de lo que escucha y siente. La diferencia fundamental es que el músico añade intención, emoción, riesgo y conciencia estética. Elementos irreductibles a un algoritmo.
Este paralelismo también nos deja una advertencia, un exceso de control puede asfixiar la interpretación. La música necesita margen de error, flexibilidad y presencia. La técnica prepara el terreno, pero el arte sucede cuando aceptamos que cada interpretación es única e irrepetible.
Quizá ahí esté la clave, en entrenar con rigor para poder decidir con libertad. El entrenamiento representa entonces una "inversión" a largo plazo que permite tomar decisiones con criterio en contextos reales y cambiantes. Y se fundamenta en la activación de todo ese conocimiento técnico y musical para responder al presente (al espacio, al equipo artístico, al público y a las condiciones del momento) con solvencia, flexibilidad y responsabilidad artística.
Jesús Alcívar