En la carrera musical, pocas experiencias resultan tan desafiantes emocionalmente como una audición y/o convocatorias similares. Se invierten horas de estudio, esfuerzo físico y mental, y una enorme carga afectiva en la preparación, pero el resultado no siempre corresponde con la expectativa. Es entonces cuando aparece la frustración, una compañera habitual (y a menudo incómoda) del proceso artístico.
Como señala Guillermo Dalia, el músico vive en una permanente evaluación, conviviendo de forma constante con el juicio de su propia exigencia. Esa autoevaluación, necesaria para el progreso técnico, puede volverse un arma de doble filo cuando se confunde con la autovaloración personal. No ser seleccionado no significa "no ser válido". Significa, simplemente, que en ese momento y bajo esas circunstancias, el resultado no fue el esperado.
Por su parte, Mauricio Weintraub recuerda que la frustración forma parte esencial del aprendizaje emocional del artista. Afrontarla de manera consciente implica revisar las expectativas, reconocer los avances invisibles y convertir la decepción en energía creativa. Detrás de cada audición no superada hay información valiosa: sobre lo que funcionó, sobre lo que puede mejorarse y, sobre todo, sobre cómo gestionar el propio equilibrio interno.
Aceptar la frustración no es resignarse, sino entender que la carrera artística es un proceso no lineal, lleno de altibajos y de momentos en los que el crecimiento no se percibe de inmediato. Lo que hoy parece un fracaso puede ser, en perspectiva, un punto de inflexión.
El músico, que logra transformar la frustración en autoconocimiento, que se permite sentir sin juzgarse y continuar sin endurecerse, descubre una forma más profunda de éxito. La de seguir amando la música, incluso cuando el resultado externo no le acompaña.
Jesús Alcívar