Hay un mito griego que todo músico intérprete debería conocer, aunque termine mal para uno de los dos protagonistas...
Marsias, un sátiro, encontró el aulós (instrumento de viento) que Atenea había desechado por deformar su rostro al tocarlo. Lo tomó, y con el produjo sonidos tan viscerales, tan cargados de instinto, que se atrevió a desafiar a Apolo, dios de la lira, la razón y la proporción. El desenlace es cruel. Apolo gana el duelo y desuella vivo a Marsias por su osadía. Más allá del castigo, el mito encierra una tensión que cualquier intérprete reconoce en carne propia. La que existe entre tocar solo desde la mente o tocar solo desde el cuerpo.
Apolo representa el control. La estructura, la teoría, el análisis armónico, la digitación correcta, el fraseo pensado con antelación. Es el músico que domina la partitura antes de tocarla, que entiende por qué cada nota está donde está. Sin Apolo, no hay técnica, no hay precisión, no hay oficio.
Marsias representa el impulso. El cuerpo que responde antes de que la mente decida, la respiración que empuja el fraseo, el instinto que encuentra el gesto justo sin pasar por el razonamiento. Sin Marsias, no hay urgencia, no hay verdad, no hay ese instante en que el público deja de escuchar notas y empieza a sentir algo.
El error habitual es pensar que hay que elegir bando. Que ser "apolíneo" es sinónimo de frío y acartonado, o que ser "marsiano" (me permito el uso del término) es sinónimo de desorden e imprecisión. Ninguno de los dos extremos, por sí solo, hace música completa. Un intérprete que vive únicamente en la mente toca correcto pero no dice nada; ejecuta sin habitar lo que toca. Uno que vive únicamente en el cuerpo puede emocionar en un instante, pero se pierde en la falta de estructura y se agota en la impulsividad.
La maestría real no está en elegir a Apolo o a Marsias. Está en construir un cuerpo tan entrenado, una técnica tan interiorizada, que la mente pueda soltar el control en el momento exacto de tocar. Estudiar como Apolo para poder, en el escenario, tocar como Marsias.
La diferencia con el mito es que aquí nadie tiene que "perder la piel". Solo hay que dejar de temerle a esa batalla interna, y aprender a dirigirla.
Jesús Alcívar