La cultura contemporánea atraviesa un punto de inflexión. El agotamiento colectivo frente a la curación algorítmica de contenidos revela una crisis más profunda sobre qué significa experimentar lo real en la era digital. Este fenómeno no es meramente tecnológico, sino también filosófico. Nos encontramos en lo que Jean Baudrillard anticipó como la precesión de los simulacros, donde la representación precede y sustituye a la realidad misma.
Baudrillard describió cuatro estadios de la imagen: desde la reflexión fiel de la realidad hasta el simulacro puro, que ya no guarda relación alguna con lo real. Las redes sociales y los feeds algorítmicos representan precisamente este cuarto estadio, la hiperrealidad donde el mapa precede al territorio. La mayor parte de lo que consumimos diariamente en la actualidad, no son experiencias auténticas, sino signos desprovistos de referente original. "Influencers" que simulan vidas, contenidos generados por IA que imitan creatividad humana, y algoritmos que optimizan la atención mediante patrones predictivos.
Como señaló Baudrillard en -Cultura y simulacro-: "Seguimos en el mismo sitio y no encontramos salida. No sabemos guiar el cortejo fúnebre de lo real". La fatiga algorítmica es, en esencia, el reconocimiento colectivo de que habitamos un universo de simulaciones donde la distinción entre auténtico y artificial se disuelve cada vez más.
Walter Benjamin, en su ensayo de 1935 -La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica-, introdujo el concepto de "aura": esa presencia única de la obra en un tiempo y espacio determinados, su "aquí y ahora" irrepetible. Benjamin argumentó que la reproducción tecnológica destruye el aura al multiplicar copias desprovistas de esa existencia singular. En 2026, esta destrucción alcanza su paroxismo. La IA generativa no solo reproduce, sino que también crea variaciones infinitas sin original alguno. En el relato de Benjamin, la reproductibilidad tecnológica no revela el aura preservándola, sino retrospectivamente, mediante su desaparición. Lo que la fatiga algorítmica denuncia es precisamente esta ausencia; contenidos sin historia, sin contexto, sin esa "presencia única" que Benjamin identificó como esencia de la experiencia estética auténtica.
Benjamin también acuñó el concepto de "valor de exhibición" (Ausstellungswert), describiendo cómo los objetos culturales modernos derivan su valor no del ritual o la contemplación, sino de su capacidad para ser mostrados. En las plataformas digitales, este valor se ha convertido en la moneda de identidad humana. Publicamos no para compartir experiencias, sino para construir representaciones optimizadas de nosotros mismos.
La fatiga algorítmica emerge cuando esta economía del exhibicionismo colapsa bajo su propio peso, cuando la performatividad constante se vuelve insostenible y los usuarios buscan experiencias que no requieran ser documentadas, compartidas ni optimizadas para engagement.
El retorno a lo "humano" que caracteriza 2026 no es nostalgia romántica, sino resistencia filosófica. Frente al simulacro baudrillardiano y la desaparición del aura benjaminiana, emerge una demanda por experiencias con anclaje temporal y espacial. Artesanía visible, imperfecciones deliberadas, narrativas con historia verificable.
Como escribió Benjamin: "Aun la reproducción más perfecta carece de un elemento: su presencia en el tiempo y el espacio, su existencia única en el lugar donde acontece". La fatiga algorítmica es, en última instancia, el anhelo colectivo por recuperar esa existencia única, ese "aquí y ahora" que los simulacros digitales jamás podrán ofrecer.
Jesús Alcívar