En el mundo de la interpretación musical existe una paradoja que pocas veces se aborda con suficiente profundidad. Mientras algunos músicos altamente preparados sienten que nunca son suficientemente buenos, otros pueden sobrevalorar considerablemente sus propias capacidades. En un extremo aparece el síndrome del impostor; en el otro, el efecto Dunning-Kruger. Aunque parecen fenómenos opuestos, ambos pueden afectar profundamente la manera en que un intérprete aprende, trabaja y se relaciona con su propia profesión.
El síndrome del impostor se manifiesta cuando una persona atribuye sus logros a la suerte, a circunstancias externas o a un error de los demás, en lugar de reconocer sus propias capacidades. En el músico puede aparecer después de conseguir una plaza, superar una audición o recibir un reconocimiento: "seguramente había candidatos mejores", "tuve suerte" o "en algún momento descubrirán que no soy tan bueno". La formación musical puede favorecer esta sensación. Ya que desde edades tempranas, el intérprete está acostumbrado a ser evaluado, comparado y corregido constantemente. La búsqueda de la perfección técnica puede convertir cualquier error en una prueba de insuficiencia personal.
Las redes sociales añaden otra capa al problema. El músico suele encontrarse con interpretaciones cuidadosamente seleccionadas, grabaciones editadas, grandes escenarios y carreras aparentemente perfectas. Comparar nuestro proceso completo con el resultado público de otra persona genera una percepción distorsionada de la realidad. El resultado puede ser inseguridad, ansiedad, perfeccionismo, miedo escénico, bloqueo y una necesidad constante de demostrar que se merece el lugar que ocupa.
Pero existe el fenómeno contrario. El efecto Dunning-Kruger describe una tendencia por la cual las personas con menor competencia en un determinado ámbito pueden sobreestimar sus conocimientos y habilidades, en parte porque carecen de las herramientas necesarias para identificar sus propias limitaciones. En música puede traducirse en una evaluación excesivamente optimista de la propia interpretación, una resistencia a recibir críticas o la convicción de que el trabajo técnico y artístico necesario es mucho menor de lo que realmente es.
Ambos extremos presentan riesgos. El impostor puede llevar a un músico competente a rechazar oportunidades, evitar audiciones, cobrar menos de lo que corresponde o trabajar hasta el agotamiento para compensar una supuesta falta de talento. El exceso de confianza, por el contrario, puede impedir reconocer errores, limitar el aprendizaje y deteriorar la relación con profesores, directores y los propios compañeros.
La solución no consiste simplemente en "tener más confianza". Se trata de desarrollar una percepción realista de las propias capacidades. Esto implica aprender a diferenciar entre "no puedo hacerlo todavía" y "no soy capaz", aceptar que equivocarse forma parte del aprendizaje y buscar una retroalimentación que sea honesta, específica y constructiva.
Un músico profesional no debería necesitar sentirse extraordinario para reconocer que ha trabajado bien, ni sentirse incompetente cada vez que encuentra algo que todavía desconoce. La madurez artística comienza precisamente ahí, cuando dejamos de medir nuestro valor exclusivamente por el resultado de una interpretación y empezamos a comprender que ser músico también significa permanecer en el proceso, y disfrutarlo.
Entre el "no soy suficientemente bueno" y el "ya lo sé todo" existe un espacio mucho más saludable. Saber qué sabemos, reconocer lo que todavía necesitamos aprender y tener la humildad suficiente para seguir escuchando.
Jesús Alcívar