Hay obras que creemos conocer. Las hemos estudiado durante semanas, las hemos tocado en concierto y tomado decisiones sobre tempo, dinámicas, articulaciones, fraseo y carácter. Después, pasa el tiempo. Meses o años más tarde volvemos a la misma partitura y ocurre algo curioso: la obra sigue siendo la misma, pero nuestra manera de verla ya no. A este fenómeno me permito llamarlo reencuadre interpretativo.
No se trata necesariamente de descubrir algo que estaba escondido en la partitura. Muchas veces, aquello que ahora nos llama la atención ya estaba allí. Lo que ha cambiado es el marco desde el que lo observamos. Nuestra experiencia, nuestras referencias, nuestra técnica y sensibilidad modifican las relaciones entre los elementos de la obra. Al abordar una pieza construimos un mapa. Identificamos dificultades, resolvemos problemas técnicos, buscamos una estructura, decidimos respiraciones, articulaciones, tempos y dinámicas. Ese proceso es necesario, pero también genera hábitos y respuestas automáticas.
Cuando regresamos a la obra después de un tiempo, esos automatismos pueden perder fuerza. Ya no intentamos simplemente aprenderla o recordarla. Podemos escucharla desde cierta distancia. Y esa distancia abre preguntas nuevas:
-¿Por qué esta frase tiene que dirigirse hacia aquí?
-¿Qué sucede si modifico ligeramente el tempo?
-¿Y si esta voz, que antes consideraba secundaria, adquiere mayor protagonismo?
-¿Qué relación existe entre dos secciones que antes estudiaba por separado?
Etc.
El reencuadre interpretativo no implica que nuestra primera versión fuera incorrecta y la segunda sea necesariamente mejor. Ese sería un enfoque demasiado lineal de la evolución artística. Ambas interpretaciones pueden ser coherentes con los músicos que éramos/somos en cada momento. Porque el intérprete también forma parte de la obra cada vez que la interpreta.
Entre una ejecución y otra hemos escuchado nueva música, conocido otros repertorios, desarrollado recursos técnicos y cambiado preguntas. Todo ello modifica nuestra escucha. La partitura permanece; nuestra relación con ella no. Por eso volver a una obra puede ser una de las formas más interesantes de estudiar. No para repetir lo que hicimos, ni para corregir automáticamente el pasado, sino para comprobar qué sucede cuando llevamos a la misma música una mirada diferente.
La interpretación no es un lugar al que llegamos definitivamente, es una conversación que se transforma con nosotros. Por ende, la madurez interpretativa no consiste únicamente en acumular respuestas, sino también en aprender a formular nuevas preguntas frente a aquello que creíamos conocer.
Estudiar una obra nos permite construir una relación con ella. Y las relaciones, como nosotros mismos, cambian con el tiempo. Una partitura puede ofrecernos distintas posibilidades a lo largo de nuestra vida. Cada reencuentro nos coloca en un lugar diferente desde el que abordarla.
La partitura permanece. La escucha evoluciona. Y cada regreso puede abrir un marco nuevo desde el que volver a hacer música.
Jesús Alcívar